Autor:
Ing. Mg. Sc. Dania Tello – Asesor Técnico – Nutrición UN Ganadería MONTANA
Co-autor:
B.Sc. Andrea Gonzales – Asistente Técnico – Nutrición UN Ganadería MONTANA
Introducción
La mejora genética y los avances en manejo nutricional, del confort animal y del ambiente han permitido que la vaca lechera moderna se enfrente a un escenario productivo cada vez más exigente. Mayores niveles de producción de leche y sólidos totales se logran hoy sobre animales metabólicamente desafiados; más sensibles al estrés exógeno y estrés oxidativo endógeno. En este contexto, la nutrición deja de ser solo un aporte de nutrientes para convertirse en una herramienta de manejo del estrés, del bienestar y de la rentabilidad.
El desafío metabólico de la vaca moderna
La producción global de leche ha aumentado de forma constante en las últimas décadas. En sistemas intensivos, especialmente de la raza Holstein en EE. UU., la producción promedio/vaca pasó aproximadamente de 6,000 kg/vaca/año en 1960 a cerca de 12,700 kg en 2020. En paralelo, la producción de grasa + proteína/vaca/ lactancia aumentó en aproximadamente 471 kg entre 1970 y 2020, lo que representa un incremento total superior al 60%, del cual el 62% es atribuible a la mejora genética (Council on Dairy Cattle Breeding, 2021). Este incremento del rendimiento lechero en la vaca moderna se asocia con una disminución de la fertilidad, la inmunocompetencia y la longevidad, y con cambios morfoestructurales derivados de la selección genética que han elevado el peso metabólico (PV⁰·⁷⁵) y, con ello, los requerimientos energéticos de mantenimiento (VandeHaar et al., 2016; Brito et al., 2021).
Periodo de transición: Definición y desafíos
Grummer (1995) define el periodo de transición como el periodo comprendido entre las tres semanas previas al parto y las tres semanas posteriores; el cual es considerado la etapa de mayor vulnerabilidad fisiológica de la vaca lechera. Durante esta etapa confluyen: cambios ambientales y fisiológicos asociados al parto y al inicio de la lactancia como: reagrupamientos, balance energético negativo, alta movilización de reservas, sobrecarga hepática e inflamación; procesos que favorecen el incremento del estrés oxidativo. Además, en el preparto se observa una disminución progresiva del consumo de materia seca (CMS), que puede alcanzar reducciones entre el 30 y el 35 % en las últimas tres semanas previas al parto, comprometiendo la oferta energética al inicio de la lactancia (Grummer, 1995). En este contexto, se ha demostrado que minimizar la caída del CMS durante el periodo de transición es fundamental para reducir las complicaciones posparto y las pérdidas en la producción de leche en lactancia temprana, resaltando la importancia de esta etapa para optimizar la producción y la salud metabólica posterior (Grummer et al., 2004).
Estrés oxidativo y calórico: una interacción crítica
Desde el punto de vista metabólico, Sordillo & Aitken (2009) mencionan que el aumento del metabolismo durante el periodo de transición eleva de manera natural la generación de especies reactivas de oxígeno (ROS); subproductos inevitables de procesos como la oxidación mitocondrial, la β-oxidación hepática de ácidos grasos y la respuesta inflamatoria. Bajo condiciones fisiológicas normales, estas moléculas son neutralizadas por los sistemas antioxidantes endógenos compuesto por enzimas como superóxido dismutasa (SOD), glutatión peroxidasa (GPx) y catalasa, así como por antioxidantes no enzimáticos como la vitamina E (Bernabucci et al., 2005). Sin embargo, cuando la producción de ROS excede la capacidad de estas defensas, se establece un estado de estrés oxidativo, el cual es desfavorable durante la transición; este se asocia con: mayor susceptibilidad a enfermedades metabólicas e infecciosas, deterioro del desempeño reproductivo y reducción de la eficiencia productiva (Bernabucci et al., 2005; Sordillo & Aitken, 2009). aumento de la temperatura corporal, la frecuencia respiratoria y la reducción del CMS generan un escenario que exacerba el estrés oxidativo, particularmente en animales de alta producción y en vacas en periodo de transición (Bernabucci et al., 2002; Bernabucci et al., 2010). Este fenómeno contribuye a explicar por qué, más allá de la disminución del consumo, el estrés térmico se asocia con una menor eficiencia metabólica, alteraciones en la composición de la leche (Chen et al., 2024) y una mayor susceptibilidad a enfermedades (Sordillo & Aitken, 2009).
Alternativas antioxidantes exógenas: el rol de los polifenoles
Desde un enfoque ambiental, el estrés por calor se desencadena cuando la combinación de temperatura ambiental y humedad relativa, comúnmente expresada como el índice temperatura humedad (ITH), supera los umbrales de confort térmico, siendo un ITH por debajo de 68 considerado como zona de confort y valores superiores a 72 considerados como estrés calórico en vacas de alta producción (Liu et al., 2019; Chen et al., 2024). Frente a este escenario, las estrategias de manejo del ambiente destacan: la provisión de sombra, el uso de ventiladores, sistemas de aspersión o duchas, las cuales han demostrado mejorar el confort térmico (Fournel et al., 2017; Tresoldi et al., 2018).
El estrés calórico representa uno de los principales desafíos ambientales que enfrenta la vaca lechera moderna, donde la elevada producción y la alta tasa metabólica incrementan la carga de calor corporal y reducen su capacidad de disipación (Liu et al., 2019). El Cuando los mecanismos antioxidantes endógenos resultan insuficientes para contrarrestar el incremento de la carga oxidativa, la suplementación con antioxidantes en la dieta ha demostrado contribuir con: la neutralización de ROS, la protección de estructuras celulares frente al daño oxidativo inducido por los AGNE (ácidos grasos no esterificados) y el sostén de la función inmune, particularmente durante el periodo de transición y lactancia temprana (Abuelo et al.,2015). La eficacia antioxidante puede evaluarse mediante el índice de estrés oxidativo (OSi), un indicador que refleja la capacidad del organismo para defenderse del daño oxidativo. Este índice alcanza sus valores más bajos durante la gestación media (etapa de menor demanda metabólica) mientras que, durante el periodo de transición, particularmente al momento del parto, se registra el valor más elevado del ciclo productivo, confirmando que esta etapa representa el periodo de mayor estrés oxidativo para la vaca lechera (Abuelo et al., 2013).
En este contexto, los polifenoles son compuestos de origen vegetal caracterizados por su elevada capacidad antioxidante, que han demostrado modular la expresión de enzimas antioxidantes endógenas. Entre estas enzimas destaca el superóxido dismutasa (SOD), enzima que el organismo produce para neutralizar los radicales libres generados al inicio de la lactancia. En vacas suplementadas con polifenoles de uva (10 g/vaca/día) desde tres semanas antes hasta tres semanas después del parto, la actividad de la SOD aumentó significativamente a los 15 días posparto, mientras que en vacas sin suplementación disminuyó durante ese mismo periodo crítico, sugiriendo que los polifenoles ayudan a mantener activas las defensas antioxidantes en el momento de mayor vulnerabilidad metabólica de la vaca (Colitti & Stefanon, 2006).

Aditivo neurosensorial frente al estrés por calor
En los últimos años se ha desarrollado el uso de aditivos neurosensoriales olfativos proveniente de aceites esenciales, capaces de modular la percepción del estrés a nivel del sistema nervioso central, lo que permite reducir la liberación sostenida de cortisol asociada a situaciones de estrés y ansiedad.
Acorde a los datos preliminares presentados por Tiqui & Desrousseaux (2024) en vacas lecheras Holstein sometidas a estrés térmico (ITH leve: [68-71] y moderado: [72-79]), la suplementación con un aditivo neurosensorial incrementó el tiempo de rumia en 3,8 % (467 vs. 485 min/día), mejoró el CMS en 2,8 % (14,2 vs. 14,6 kg MS/vaca/día) y aumentó la producción de leche entre 6,1 % bajo estrés térmico leve (22,8 vs. 24,2 kg/ día) y 7,3 % bajo estrés térmico moderado (21,9 vs. 23,5 kg/día), en comparación con el grupo control, evidenciando una mejor adaptación productiva y comportamental frente al estrés por calor.
El estrés por reagrupamiento también es una de las principales causas de pérdida productiva en ganado lechero; sin embargo, Padua et al. (2022) demostraron que vacas primíparas suplementadas con 4 g/día de extracto de cítricos (Citrus sinensis) mantuvieron valores de rumia (484 vs. 459 min/día), descanso (780 vs. 594 min/día) y tiempo en el comedero (301 vs. 213 min/día) mejores frente a las vacas sin aditivo, evidenciando que este aditivo neurosensorial protege el comportamiento productivo de la vaca incluso bajo condiciones de estrés social. En conjunto, estos resultados muestran que los aditivos neurosensoriales ayudan a que el animal gaste menos energía en enfrentar el estrés y la redirija hacia crecimiento, producción y mantenimiento de la salud, mejorando la resiliencia frente a condiciones ambientales exigentes y otros desafíos productivos.
Energía dietaria: Sostener la producción respetando la fisiología ruminal
En las vacas modernas, el incremento del tamaño corporal y de la tasa metabólica ha elevado los requerimientos energéticos de mantenimiento, lo que reduce el margen de energía disponible para la producción de leche, particularmente durante la lactancia temprana (VandeHaar et al., 2016). En este contexto, la inclusión de fuentes lipídicas en la dieta permite aumentar la densidad energética de la ración, ya que la grasa es el macronutriente de mayor densidad energética, con valores de energía bruta (~9.4 Mcal/kg) que más que duplican los del almidón (~4.23 Mcal/kg), lo que permite incrementar la concentración energética de la dieta sin aumentar proporcionalmente el volumen de la ración, permitiendo cubrir los altos requerimientos energéticos (NASEM, 2021;Palmquist & Jenkins, 2017).
Energía protegida: Jabones cálcicos de ácidos grasos
Los jabones cálcicos de ácidos grasos constituyen una fuente de grasa protegida a nivel ruminal, desarrollada para incrementar la densidad energética de la dieta mediante el suministro de ácidos grasos de cadena larga con absorción intestinal, reduciendo su impacto negativo sobre la fermentación ruminal (Jenkins & Palmquist, 1984). Los jabones cálcicos derivados del aceite de palma presentan un perfil dominado por ácido palmítico (C16:0; aproximadamente 46–50 %), acompañado por ácido oleico (C18:1; ~35%) y menores proporciones de ácidos grasos poliinsaturados (dos Santos et al.,2022; Rico et al.,2014).
Funcionalmente, el uso de jabones cálcicos se asocia con mejoras en la producción de leche, un efecto generalmente moderado sobre el porcentaje de grasa láctea cuando se formulan adecuadamente, y un mejor balance energético posparto, contribuyendo a reducir la movilización excesiva de reservas corporales en vacas de alta producción (Palmquist & Jenkins, 2017). No obstante, la estabilidad de los jabones cálcicos es dependiente del pH ruminal y del grado de insaturación del perfil lipídico (Sukhija & Palmquist, 1990). A medida que el pH ruminal desciende, particularmente bajo condiciones de acidosis subclínica, se incrementa la disociación de las sales cálcicas, liberando ácidos grasos libres que pueden interferir con la actividad de la microbiota ruminal (Jenkins & Palmquist, 1984).
Energía dirigida a producción: Ácidos grasos fraccionados
Los ácidos grasos fraccionados corresponden a fuentes lipídicas que permiten aislar y concentrar ácidos grasos específicos — principalmente ácido palmítico (C16:0, ácido graso de mayor cantidad en la grasa de la leche)— con el objetivo de ejercer efectos dirigidos sobre la partición energética y la síntesis de sólidos en leche. El desarrollo y validación de suplementos lipídicos fraccionados enriquecidos en C16:0 tomó impulso a partir del trabajo de Mosley et al. (2007), quienes fueron de los primeros en evaluar sistemáticamente niveles graduados de un suplemento comercial de alta pureza en ac. palmítico (86.6% C16:0) en vacas Holstein en producción. A diferencia de otras fuentes lipídicas, los suplementos de ácidos grasos fraccionados enriquecidos en C16:0 presentan una digestibilidad intestinal relativamente estable independientemente de la cantidad suministrada, y su absorción post-ruminal puede optimizarse ajustando el perfil de ácidos grasos del suplemento; aspectos especialmente relevantes en dietas de vacas de alto rendimiento y elevada demanda energética (Lock et al., 2025).
Desde el punto de vista productivo, Rico et al. (2014b) reportaron que la suplementación con una fuente enriquecida en ~85% de C16:0 en vacas de alta producción se asoció con incrementos en la producción de leche y con mayores rendimientos de grasa, proteína y lactosa en leche. Estos resultados concuerdan con trabajos posteriores que evidencian que el C16:0 aumenta la ingesta de MS, favorece la captación de ácidos grasos por la glándula mamaria y estimula la síntesis de grasa láctea, aumentando la producción de sólidos (de Souza & Lock, 2018). Asimismo, dietas formuladas con un alto contenido de C16:0 (~85%) han demostrado mejorar la eficiencia de uso de la energía y aumentar el rendimiento de grasa en leche, lo que se traduce en una mayor producción de leche corregida por energía, sin comprometer la condición corporal ni la salud ruminal cuando se respetan las dosis recomendadas (dos Santos Neto et al., 2025).
Estrategia energética dual
La complementariedad de jabones cálcicos de ácidos grasos con ácidos grasos fraccionados resulta estratégica, ya que permite incrementar la densidad energética de la dieta con bajo impacto ruminal y, al mismo tiempo, mejorar la partición de energía hacia la glándula mamaria y el rendimiento de grasa láctea, especialmente durante la lactancia temprana y el pico de producción (Jenkins & Palmquist, 1984; de Souza & Lock, 2018; Western et al., 2020). En general, la inclusión de grasa suplementaria debe evaluarse según el nivel productivo, condición corporal del animal y el contenido de grasa total de la ración el cual no debería superar aproximadamente el 6 % de la MS; dentro de este límite, la inclusión de grasa suplementaria suele manejarse en la práctica del 2.5% (Tyagi et al., 2009) y 4 % (Thakur and Shelke, 2010) de la ingesta total de MS o a razón de 10g (Gowda et al., 2013) y 20 gr por kg de producción; dependiendo del consumo y del tipo de grasa (Naik,2013; Rico et al.,2014).
Conclusión
La vaca lechera moderna alcanza altos niveles de producción y sólidos totales, pero enfrenta mayores desafíos metabólicos, ambientales y oxidativos. Sostener ese rendimiento exige tanto estrategias nutricionales y no nutricionales enfocadas en sostener la producción, salud y bienestar animal. Por lo tanto, el uso integrado de antioxidantes exógenos (como polifenoles) y aceites esenciales, junto con fuentes energéticas como jabones cálcicos y ácidos grasos fraccionados, permiten acompañar la alta producción y a su vez lograr hatos saludables y rentables.
No obstante, esta estrategia resulta relevante durante el pico de producción y en vacas con balance energético cercano a neutral o positivo. En el periodo fresco inmediato, la suplementación con C16:0 puede incrementar el balance energético negativo, por lo que su uso en esa etapa requiere mayor cautela (de Souza et al., 2019).
Bibliografía
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